Es este un tema muy recurrente, me temo, pero que sigue dando mucho juego. Encontrar un sitio decente donde vivir en una gran ciudad. O lo que es lo mismo, donde caerse muerta cuando llegas de trabajar deprimida porque aún es miércoles y el starter de tu moto no funciona, con lo cual haces el ridículo cada tarde delante de todo el bar de la oficina arrancando la moto con el pedal, esa manera tan fina y elegante de marcarse en la memoria de la gente. Cada mañana cuando me ven deben pensar "esa es la del pedal". Pronto tendré un club de fans.

Al tema

Lo preocupante, hoy, es que me echan. Sí, me echan de mi piso. No tengo contrato, ya que el piso es propiedad de mi ginecólogo, un íntimo amigo de mi padre que a parte de pasarme la ITV en salva sea la parte me cedía 80 metros de un quinto en la plaza Cataluña. Ahora el hijísimo, que no tiene un futuro ni tan brillante ni tan húmedo, reclama la herencia pre mortem a su padre.

Peludo

A lo largo de la búsqueda te das cuenta de que el asunto se está poniendo peludo cuando empiezas a considerar como ventajas y no como derechos humanitarios el hecho de que el piso tenga un baño sin musgo en la bañera. O que un octavo tenga ascensor. O que el sol entre por las ventanas, ¡qué digo!, que el piso TENGA ventanas.Que el miedo no te asalte, al esperar el ascensor, cuando te encuentras al camello del cuarto o lo que es peor, a la rubia teñidaperosevenatural¿no? de tu vecina, fan de La Casa de tu vida con incontinencia verbal.

¿Solución?

¿Deberíamos compartir piso, al estilo friends, para poder tener un sitio por lo menos salubre? ¿Deberíamos emparejarnos y unirnos para siempre en el amor y en la hipoteca? ¿Irnos a vivir fuera de las grandes ciudades colapsándolas cada mañana para ir al trabajo? ¿O mejor vamos en cercanías, ese trepidante servicio que hace de cada día una aventura diferente?
Reflexionemos.